Vals con el pasado.

Natalia Sancha, Beirut 2009.

Una simple imagen produce efectos muy diferentes según la pupila que los mire. Películas como “Perspolis” o la más reciente “Waltz with Bashir”, se antojan cómics de interés histórico a los ojos de extranjeros. Pero ambos largometrajes están escritos por gente que vivió episodios traumáticos y que al darle forma de dibujo  parecen soltar un lastre con cada animación.

Ver estos dibujos con extranjeros en Beirut se convierte en un mar de comentarios del estilo  ¿Crees que realmente los israelíes no sabían lo que pasaba en Sabra y Chatila? ¿Sería la juventud austriaca tan punki como la pinta la iraní?

El visionado de estos mismos largometrajes con un joven libanés al lado se convierte en una experiencia mucho más profunda de lo que uno puede imaginar. Sentado a mi izquierda, un compañero libanés nacido el mismo año que comenzó la guerra civil libanesa clava sus ojos en la pantalla. A pesar de que el filme está censurado en Líbano, el codiciado dvd se puede conseguir en cualquier tienda pirata en calles principales como Hamra en Beirut.

*****

De las sombras y memorias

Comienza la película. La invasión de Beirut, a penas un dato histórico para cualquier joven de la misma generación de Hassan en cualquier otro lugar del mundo, produce el primer escalofrío. Para Hassan, Beirut es la ciudad en la que se crió. “Cuando los israelíes se acercaban a Beirut salimos pitando hacia las montañas”, comenta. Al poco, una imagen de varios israelíes viendo películas porno en una casa ocupada en Beirut devuelve a Hassan al pasado: “Los israelíes entraron en nuestra casa. De hecho en todo el edificio y ahí se quedaron. Mi colchón y mis ropas aparecieron en la casa de mi vecino del séptimo. Todo desordenado”, piensa en voz alta sin apartar la vista de la pantalla. Al paso de los soldados israelíes por el paseo marítimo, la Corniche, Hassan no puede disimular su tristeza. La Corniche de Beirut es uno de los lugares más frecuentados por los beirutíes. Mientras algunos descansan sentados en los bancos, otros escuchan música desde los radiocasetes de sus coches aparcados a escasos metros del paseo. Los jóvenes beben y fuman chicha, los niños corren y tropiezan con el sinfín de agujeros en el asfalto. Algunas chicas se han vestido con su chandal de Armani para caminar, maquilladas hasta arriba, a marchas forzadas y perder alguna caloría. Paseo concurrido por adolescentes como viejos o pobres como ricos.

No importa que sean dibujos. O sí. Los dibujos demistifican la violencia que ocurre en ella e incluso parece irreal para los ojos de un extranjero. Pero para aquellos que lo vivieron, los dibujos no son traba para el recuerdo. Esa amnesia que el protagonista, Ari Folman, reclama no es compartida por una generación de jóvenes libaneses de postguerra.

Conforme pasan los frames, Hassan y el joven protagonista de la película se van  acercando cada vez más. A ambos se les escupe a la cara el pasado, aquel que intentaron y seguramente siguen intentando cada día olvidar. Mientras Ari Folman intenta recuperar la memoria y descubrir qué papel jugo en la masacre de Sabra y Shatila y por lo tanto su parte de responsabilidad, Hassan intenta olvidar los años de infancia, de guerra, de huidas constantes ante posibles ataques, el martilleo constante del sonido de las bombas o el subir y bajar de escaleras para encontrar un resguardo al incesante fuego aéreo. A ambos, los recuerdos les devuelven a una realidad que sus mentes rechazan.

Un tanque Israelí avanza lentamente por las calles de Beirut aplastando una fila de coches y destruyendo varios edificios al pasar: “Solían hacer eso muy a menudo. Tenías que ver como quedaban los coches tras los tanques…como latas de sardinas”. Una noche de camino al sur del Líbano y huyendo del norte, el coche en el que viajaba Hassan y su familia se topó de frente con un tanque Israelí. El camino era muy estrecho para que pudieran pasar los dos. Por unos instantes el tanque israelí siguió avanzando. Toda la familia de Hassan retuvo el aliento esperando que el tanque les pasaría por encima. Un soldado subido en el tanque le hizo señas a su padre para que diera marcha atrás y pudiera meterse en un recoveco en uno de los lados del camino para hacer paso al tanque. “Todos suspiraron al ver el tanque pasar”.

Muchos jóvenes libaneses en la treintena intentan olvidar su infancia, una infancia de guerras, bombas y balas. Generalmente rechazan hablar sobre política y una parte de los más pudientes, la minoría, se dedican a salir de fiesta tan a menudo como el bolsillo se lo permita.

Si bien Hassan intenta tal vez inconscientemente borrar de su memoria los años de guerra , hay ciertamente una imagen que no desaparece. Una escena de Persépolis retrata a la perfección esos momentos que compartieron miles de libaneses. Las bombas caen del cielo. La noche ha caído y apenas hay visibilidad a escasos metros. Los padres que apenas pueden conciliar el sueño despiertan a los niños que duermen. Las bombas caen, cada vez mas cerca. El ruido es ensordecedor. Los niños quedan paralizados y son demasiados para ser cargados sólo por sus padres. Los vecinos se avalanchan en el rellano y mujeres y ancianos corren escaleras abajo para resguardarse. Los hombres suben y bajan cargando niños en sus hombros, a veces los suyos , a veces los de algún vecino. En cada rellano los vecinos se paran, recuperan el aliento, y esperan el mejor momento para seguir escaleras  abajo sin que las balas les alcancen  a través de las ventanas de los rellanos. Algunos abuelos son transportados en sillas de ruedas y los más devotos insisten en parar en cada piso para hacer un breve rezo. En el edificio de Hassan no había sótano donde protegerse.

Todavía hoy en día, y sobretodo tras la semana de enfrentamientos que vivió Beirut en 2008, cuando se visita una casa para alquilar, el propietario insiste en recalcar que tal cuarto tiene cuatro paredes; “un cuarto no expuesto” dice orgulloso como el que ofrece una cocina de mármol en un piso para alquilar. Lo que significa que en caso de guerra hay una habitación no expuesta al fuego de las balas donde resguardarse.

Los vecinos en fila, con la cabeza agachada y casi rampando tenían que ir al refugio de un edificio cercano. Una vez allí no queda más consuelo que el de estar sólo.  Transcurrida una década desde el final de la guerra civil, aquellos niños tienen hoy treinta y pocos. Y el tiempo no les ha hecho olvidar, por más que lo intenten, el tronar de las bombas, ni el bajar y subir de escaleras en busca de refugio. Esta escena en Persépolis hace temblar a  más de un joven libanés.

Durante la guerra, los chcekpoints o puntos de control militares prosperaron como hongos en cada esquina del país. Al norte sirios, al sur israelíes. Checkpoints que convirtieron el andar de los libaneses en pasajes estroboscópicos y cualquier intento de movimiento en un sinfín de paradas. Hassan recuerda como a los diez años la familia de un amigo del colegio le invitó a visitar Chipre. Tuvo que hacerse un pasaporte para poder viajar. Tras aterrizar en Larnaca alquilaron un coche y se dirigieron al sur. Al cabo de media hora de carretera, Hassan empezó a  sentirse incómodo. Algo no iba bien. Al notarle inquieto el padre de su amigo le preguntó si se encontraba bien. A lo que Hassan respondió: “Sí, Sí, pero porque no nos han parado los  militares aun? A lo que añadió algo más relajado: “He traído mi pasaporte”.

*****

Imágenes, lastres del pasado…

Hace cinco años un par de jóvenes curiosas israelíes con las que me topé me invitaron a su casa. Eran hermanas y vivían con una tercera chica. Me ofrecieron un trozo de tarta de chocolate. Aquel pastel, tras semanas de viaje me supo  a gloria. Cuando me disponía a devorar el último trozo, una de las chicas me preguntó si me gustaría ver algunas fotos. Asentí esperando ver algunas fotos de viajes y amigos de colegio posando en la mítica foto de clase. Aquellas imágenes empaquetadas en álbumes de terciopelo guardaban otro tipo de recuerdos del que la juventud europea es totalmente ajena. Entre varias fotos una se me hacía especialmente difícil de digerir. La misma chica que me había ofrecido el delicioso pedazo de pastel de chocolate con una sonrisa inmaculada encabezaba la foto. Dos chicas a su derecha y una a su izquierda se sujetaban por los hombros y sonreían a cámara. Debajo de ellas, a sus pies,  yacía un hombre en un charco de sangre. El último pedazo de pastel salió escopetado de mi garganta antes de que pudiera tragarlo. La chica, pongamos Joel, me explicó el significado de tal dantesca escena. Aquel hombre que yacía en el suelo era un palestino que veinte minutos antes había tendido una emboscada junto a otros palestinos a la unidad en la que Joel se encontraba. Uno de los mejores amigos de Joel cayó durante los enfrentamientos y otos fueron heridos. Lograron abatir a tres de los emboscadores. Y en el calor del momento se hicieron una foto con aquel cuerpo inerte bajo su pies, cual trofeo de caza. Tras aquel álbum siguió otro. Esta vez de un viaje que hizo junto con varios amigos tras acabar el servicio militar (tres años para los hombres y dos para las mujeres). Eran alegres fotos de jóvenes radiantes de energía viajando por el mundo o más bien por Sudamérica e India. Mas tarde descubrí que ambos álbumes son decoración habitual de los cuartos de jóvenes israelíes. Uno con las fotos del servicio militar, otra con las fotos del viaje de siete meses  a un año tras el servicio militar. Tal vez ese tiempo y esos viajes les sirvan para olvidar, para poner de lado amargos recuerdos e intentar reinsertarse en la vida “normal” y en sociedad.

Una juventud distinta a las demás

Viendo este cómic audiovisual, me doy cuenta de cuanto tienen en común los jóvenes libaneses y los israelíes y cuan grande es el abismo con jóvenes de países en los que de la guerra no conocemos más que las imágenes que nos llegan y  la batería de números que les siguen. Ni rastro de ruidos por la noche, de pesadillas, de remordimientos,  de cadáveres. Nada de balas, nada de fuego. Nada de lutos por los “mártires” caídos. Algún joven, unos pocos años mayor que Hassan estaría detrás de las balas que se disparan en el momento del Walt con Bashir, y detrás de las balas que agujerearon el Holiday Inn que hoy sigue presidiendo las vistas al Mediterráneo, a escasos metros de donde 30 años más tarde asesinarán a Hariri.

Desafortunadamente, cuando termina el filme, me queda la sensación de que Hassan también asistió a ese Vals  de guerra, cuya melodía aun martillea su cabeza en situaciones como ésta.

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